En el capítulo 3, Pablo concluye que la Ley solo revela el pecado y que todos están bajo culpa. El versículo declara una verdad universal: todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios. No hay excepciones ni categorías privilegiadas ante el pecado. La gloria de Dios, de la que fuimos despojados, es el estándar que volvemos a alcanzar en Cristo. Ese diagnóstico humilla el orgullo humano, pero prepara el terreno para la gracia. Solo reconociendo la enfermedad recibimos el remedio que es la justificación por la fe.