En el capítulo 5, Pablo contrasta la condición humana y el amor de Dios. Describe nuestra debilidad, nuestro tiempo de pecado y nuestra condición de enemigos de Dios. Fue exactamente en ese escenario que Cristo murió por nosotros. El amor de Dios no esperó a que fuéramos buenos para amar. Se manifestó en el momento de nuestra mayor indignidad. Esa verdad da seguridad: si Dios nos amó cuando estábamos perdidos, no nos abandonará ahora que somos suyos.