El capítulo 40 de Isaías abre la segunda parte del libro, un mensaje de consuelo para el pueblo exiliado en Babilonia. En contraste con los ídolos que no pueden hacer nada, Dios es presentado como todopoderoso e incomparable. El versículo 31 trae una promesa muy querida: los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas, subirán con alas como águilas, correrán sin cansarse y caminarán sin desfallecer. Esperar en Dios no es pasividad, sino confianza activa, que descansa en la fidelidad del Señor. Cuando nuestras fuerzas se acaban, él nos da vigor renovado. Hoy quien se siente exhausto puede encontrar en esta promesa un nuevo impulso para continuar.