En el capítulo 10, Pablo explica cómo puede alcanzarse la justicia que viene de la fe. El evangelio no exige una jornada imposible, sino una respuesta cercana al corazón y a la boca. Confesar con la boca que Jesús es Señor y creer en el corazón que Dios lo resucitó es el camino de la salvación. La confesión hace pública la fe, y la resurrección es el sello del poder de Dios. La salvación no es un esfuerzo heroico, sino la recepción humilde de un regalo. Esa palabra puede predicarse y vivirse en cualquier lugar.